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  Pequeña historia de la libreria santa fe ( la libreria santa fe es una de la pricipales librerias que trabajan vendiendo libros por internet

La librería Santa Fe nació en 1957, en la vereda de los números impares de la cuadra comprendida entre Pueyrredón y Larrea. Los tranvías habrían de circular por cinco años más, pero no por la Avenida Santa Fe donde ya habían sido reemplazados por los trolebuses. Ya existían
los best séllers y "Sobre héroes y tumbas" de Ernesto Sabato que habría de serlo, fue presentado en la librería Santa Fe. La librería se caracterizó - y se caracteriza - por ofrecer un especial surtido de libros importados, gracias a las buenas relaciones mantenidas con proveedores del exterior. Al igual que el apoyo recibido por parte de las empresas editoriales argentinas que permitió satisfacer las demandas de una clientela con diversos intereses. Con el correr del tiempo y la tenacidad en procura de dar a los lectores un servicio de excelencia, se incorporaron nuevos locales:

Articulo literario

La casa sosegada

Javier Sicilia
La Jornada, México

LA INVASIÓN Y LA PESTE

Novela histórica, La invasión (Alfaguara, 2005), la más reciente obra de Ignacio Solares, no es sólo el relato de la intervención norteamericana de 1847 —narrada por Abelardo, un hombre que, motivado por su esposa, relata desde el porfiriato los acontecimientos que en su juventud le tocó vivir—, es también, y ante todo, una novela sobre el mal. Semejante a La peste, de Albert Camus, la intervención norteamericana juega en La invasión el papel de su metáfora. Si para el francés, la peste que azota a la ciudad de Orán es una metáfora de lo que el propio Camus llamaba la irrupción de lo "arbitrario divino", es decir, del absurdo del mal metafísico, para Solares, ese período aciago de nuestra nación es el rostro metafórico de lo "arbitrario humano" —el absurdo del mal de los hombres. Una frase del propio Camus podría definirlo muy bien: "Conozco algo peor que el odio, el amor abstracto." Y es justamente ese amor a lo abstracto: llevar el progreso a los atrasados mexicanos, lo que en La invasión genera no sólo la pérdida de la mitad del territorio nacional, sino también los crímenes, la angustia, las cobardías, las delaciones, los actos vergonzosos, en suma, la muerte. El mal es así, en La invasión, lo abstracto que se materializa en horror. Frente a ese mal que, como en La peste, no es posible detener porque, al igual que los dioses son sordos, hay hombres a los que no puede persuadirse (explíquenle al gobierno de Andrew Jackson o al de George Bush que no podían ni pueden envilecer a los mexicanos o a los iraquíes), sólo queda combatir o morir. Por ello, frente al mal, los personajes de ambas novelas viven en el terror. Por ello también, frente a ese mal la lucha de aquellos que lo resisten —los hospitales que, semejantes a los que el doctor Rieux funda en La peste, el doctor Urruchúa improvisa en La invasión para intentar salvar a los heridos de ambos bandos; o la guerrilla del padre Jarauta o la dignidad narrativa de Rieux y de Abelardo —cuyo único trabajo por el hecho de existir niega la conquista del mal— sean apenas un gesto de dignidad, un breve destello de luz en medio de la inmensa oscuridad.

Pero si en Camus, que es un agnóstico, esos gestos son absurdos —los hombres están con-denados a luchar contra el mal sabiendo que al final la batalla siempre está perdida— y la única grandeza que les queda es saber que se defendió la vida contra el absurdo, en Solares, que es un creyente, esas pequeñas y aparentemente inútiles batallas son un atisbo a una esperanza de trascendencia.

Como cristiano, Solares sabe que el fracaso de la cruz es el anuncio de la resurrección, y que, en consecuencia, el fracaso de Urruchúa y de Jarauta, son de ese orden. Nada está perdido cuando la grandeza de la justicia se insinúa en los mejores hombres, es decir, en aquellos en los que la otredad se encarna en un gesto. Es aquí, donde Solares y Camus vuelven a encontrarse. Aunque las esperanzas de las batallas de sus personajes contra el mal sean de diferente orden, no lo es, quizá, su visión del arte. Para ambos la mirada que el propio arte hace sobre lo real es una oposición al mal. La lucha, como decía bien Camus, entre los conquistadores y los artistas es aparentemente de la misma estirpe. Ambos quieren dar al mundo su unidad. Pero mientras el conquistador al querer unificar desde la abstracción busca, como lo muestra La invasión, no la armonía de los contrarios, sino la totalidad que es el aplastamiento de las diferencias, el artista ilumina desde la dignidad. Si el conquistador de La invasión está de parte de la muerte, el artista está de parte de la vida. En este sentido, una y otra novela son testimonios de lo que se niega a morir en el hombre. En la primera, ese testimonio es el de la trascendencia que se insinúa en lo humano, una "instantánea y efímera rosa de un pequeño calidoscopio" donde el amor redime todo y siempre vuelve; en la segunda, es sólo el de la ética que hace posible que esta existencia continúe siendo. Ese testimonio afirma, contra lo irracional y las abstracciones de la historia, lo que sobrepasa a toda historia: la vida de los hombres, su hermosa y doliente vida, hecha de pequeñas cosas y de aparentes actos intrascendentes, frente a la descomunal presencia del mal.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva y esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez.
 

Simbología: realidad y sueño en El lugar sin límites de José Donoso

Dietris Aguilar *
Universidad Nacional de Lomas de Zamora

"La ficción de Donoso es más que un retrato de un conflicto entre las bajas clases trabajadoras y la decadente aristocracia en Chile. Su ficción trata conflictos mucho más universales, que tienen lugar entre el individuo y la sociedad, al margen de las clases, y el conflicto interior que el individuo siente frente a las incertidumbres de la vida".
Darryl M. Haws


José Donoso es una de las figuras literarias más significativas de la literatura chilena actual y el análisis de sus obras es un modo de reconocer el lugar innegable que se ha ganado en el panorama de la narrativa latinoamericana.

Por ello, iniciamos una aproximación a esta novela desde su aspecto simbólico para analizar dos planos (realidad - sueño) de ese mundo complejo de personajes que se ilusionan, que aman y desean; se trata, pues, de la búsqueda de otro(s) significado(s) que subyace(n) -además del sociológico e ideológico- en esta historia de amores y sueños de los que viven y mueren en El lugar sin límites.



1.- El infierno sin límites

La obra1 comienza con un epígrafe de Marlowe por demás significativo. Dice Mefistófeles: "El infierno no tiene límites", igual que el espacio donde transcurren los hechos de esta novela. Indudablemente, ésta es una parte más que esclarecedora, en la medida en que se nos habla de un lugar que no es otro que el infierno. Quizás uno de los interrogantes a resolver será conocer la razón por la cual los personajes estén inmersos en ese mundo infernal.

Precisamente, este espacio posee una serie de elementos y/o características que sustentan la idea del infierno y también, paradójicamente, su contrapartida: el paraíso.

1.1 - En el nombre del Padre (o la simbología divina)2

Aparecen muy claramente a lo largo de la obra, elementos y personajes con determinados rasgos que hacen irresistible (al menos, en una primera lectura) la asociación con el Paraíso:

-Las viñas de Don Alejo remiten a la imagen bíblica de 'la viña del Señor', es decir, al conjunto de fieles: todo el pueblo le pertenece, todos son sus hijos.

-La figura de Don Alejandro: el hombre "todopoderoso", el que todo lo sabe y todo lo tiene. Aparece descripto como un dios, nada escapa a su conocimiento; sabe quién es quién en el pueblo y conoce el modo de tratarlos. Contactado en todo momento con figuras estratégicas a sus propósitos, "tenía los hilos del mundo en sus dedos" (p. 98). Vendió las tierras de un lugar que se iba "para arriba" y esgrimió el sueño de la electrificación del pueblo como un arma contundente. Con su manto de vicuña y sus cuatro perros, Don Alejo digita sus actos como piezas de ajedrez: ahora, en la compra de las casas; antes, en la votación para ser senador. Padre de todos los nacidos en su fundo, menos de Pancho. Su apellido (Cruz) es un vocablo plurisignificativo.

-Según la Real Academia Española, las acepciones de cruz son:

a- Patíbulo formado por un madero hincado verticalmente y atravesado en su parte superior por otro más corto, en los cuales se clavaban los pies y las manos de los condenados a este suplicio.

b- Imagen o figura de este suplicio.

c- Insignia y señal del cristianismo.

d- En los libros y otros escritos, puesta antes de un nombre de persona, indica que ha muerto.

e- Peso, carga o trabajo.

La cruz para el cristianismo es su símbolo de culto porque es la imagen del lugar donde Jesús (como otros tantos hombres en aquella época) padeció y perdió la vida. Representa la redención de los hombres: la entrega de la vida del cuerpo para la resurrección del alma. Estos dos aspectos extremos se complementan en la figura de Don Alejo. Él representará, para algunos, sólo la promesa de la salvación; para otros, un castigo. Para Pancho Vega será una "carga" a largo plazo muy difícil de esquivar.

Asimismo muchos personajes tienen una imagen "positiva" del señor Cruz como el salvador. Cuando la Manuela huye de Pancho y Octavio que pretenden darle una golpiza, ésta desea cruzar el río "porque más allá del límite lo(a) esperaba Don Alejo que era el único que podía salvarlo(a)" (p.131) y porque "Una palabra suya basta para que estos rotos se den a la razón..." (Ibid.). Gracias a él tendrán la luz (electricidad) "Aquí en el pueblo es como Dios. [...] Y es tan bueno que cuando alguien lo ofende (...) después se olvida y los perdona"(p.74). En la campaña política, los hombres del pueblo debían irse a otros lugares a promocionar al candidato, a "propagar esa fe" (p. 66). Sin embargo, por razones que no comprenden, sumirá al pueblo en las tinieblas.

-Pancho Vega es una suerte de "hijo pródigo" que vuelve cada tanto, no en busca de algún perdón, sino de desafío y revancha. Quiere hacerle "ver" con su rebelión a Don Alejo que puede escaparse, o al menos, que intenta salir de ese lugar no paradisíaco (infernal) al que siempre regresa.

1.2 - Ver o no ver: ésa es la cuestión

Sin duda, la posibilidad de ver (o no) que tienen ciertos personajes condiciona el desarrollo de los sucesos. La disminución del sentido de la vista, en la mayoría de los casos, se produce por razones voluntarias:

-Ludovinia, ante la muerte de su marido, coloca en el ataúd sus anteojos y, por lo tanto, se queda sin ver. El objeto elegido para acompañar por toda la eternidad a su esposo no es casual: renuncia a la visión que implicaba la aceptación de un futuro sin viriles compañías. "Por Acevedo, decía, que era celoso. Para no mirar nunca otro hombre."(p. 21)

-La Japonesa Grande tiene miopía y por ello, ese mote "oriental", ya que sus ojos "no eran más que dos ranuras oblicuas bajo las cejas dibujadas muy altas" (p. 67). Cuando no podía ver, a pesar de que frunciera los ojos, sería la Manuela quien compensara la falta de visión.

Sin embargo, la pérdida de la vista también se da por distintos estados de ánimo, sea por tristeza, indiferencia o ira:

-[La Manuela] después de peinar a su hija [la Japonesita], comprende que ésta se quedará con Pancho (porque es mujer) y no con ella: "...su propia imagen se borroneaba como si le hubiera caído una gota de agua y él entonces, se perdía de vista a sí misma, mismo..." (p. 52)

-Pancho Vega, después de estar sentado junto a la Japonesita, quiere a la Manuela. Desea verla tanto que se pone ciego de la rabia.

-Mientras la Manuela preparaba su baile para Pancho, la Japonesita bebía para no ver y Don Céspedes, atento a los ladridos de los perros, "miraba a la Manuela como si no la viera" (p. 125).

Aún así, son otros personajes los que ven no sólo en su acepción de "poseer la visión", sino también como acceso al "conocimiento" y a la "comprensión":

-Los ojos azules de Don Alejo leen en los de Pancho "como en un libro" (p. 34): en ellos ve que éste no quiere que Octavio, su cuñado, sepa sobre la deuda.

-Después de soñar con un Wurlitzer, la Japonesita comprende que el proyecto de Don Alejo ya no es la electrificación del pueblo, sino que "Echaría abajo todas las casas, borraría las calles ásperas de barro y boñigas, volvería a unir los árboles de los paredones a la tierra de donde surgieron y araría esa tierra, todo para algún propósito incomprensible. Lo veía. Clarísimo." ( ps. 59 y 60).

-Cuando en medio de la noche escuchan la bocina del camión de Pancho, Manuela puede ver en la cara de la Japonesita una sonrisa y comprende con ello que su hija también lo espera y desea.

-Pancho siempre se siente en desigualdad de condiciones frente a Alejo Cruz. Cuando pequeño, dice Pancho "me encuentra espiando entre los ligustros" (p. 97) porque quiere entrar al parque, aunque no quiere que lo carguen por jugar a las muñecas con Moniquita Cruz. Ahora, vuelve al fundo a saldar toda su deuda. Pero cuando llega "Pancho lo vio tan alto, tan alto como cuando lo miraba para arriba, él, un niño que apenas sobrepasaba la altura de sus rodillas." (p. 96). Después, cuando Cruz se sienta y ellos [él y su cuñado] quedan de pie, "Pequeño se veía ahora. Y enfermo" (Ibid.)

-A Ema, la esposa de Pancho, sólo le basta ver para enamorarse o creer que se ha enamorado: "tuvo que casarse con el primero que la miró, para no quedarse para vestir santos" (p. 92).

-Pancho ha tenido dos visiones de Misia Blanca: esa noche en que salda la deuda con Don Alejo, la ve a través del vidrio empañado del comedor y le hace recordar a aquella otra, cuando se cortó la trenza y la colocó en el ataúd de la Moniquita: "él la vio nadando en sus lágrimas como ahora..." (p. 95). Siempre guardarían uno con el otro una distancia que, a la señora, la hacía intocable.

-La realización de los "cuadros plásticos" entre la Japonesa y Manuela fue exigida por Alejo para que él y los otros "miraran por la ventana" (p. 106). La apuesta consistía en que la Japonesa excitara a la Manuela y el permiso de espiar a Cruz le posibilitó comprobar el cumplimiento del pacto.

-En el baile final, excepto la Japonesita y Don Céspedes, todos quieren ver a la Manuela: Cloty, las otras mujeres y Pancho que "vio por fin los ojos de la Manuela iluminados enteros, redomas, como se acordaba de ellos entre sus manos y los ojos de la Japonesita iluminados enteros..." (p. 125) también.

En conclusión, la mirada es el contacto visual con sucesos o personas, pero también es seducción y desafío. Frente a frente los ojos de losa de Alejandro Cruz y la mirada negra de Pancho Vega: uno, con la visión de poder de ese pequeño mundo que domina y el otro, con la vista puesta en su independencia del "señor feudal". Ni uno ni otro parecerán, al final, librarse de un destino inexorable. Nadie. Ni la Manuela, cuya mirada seduce hasta al más hombre (o al que cree serlo). Ni Pancho Vega, que vuelve al pueblo para disfrutar con su baile; para estar con ella, pero ésta no quiere verse porque no puede. Cuando Manuela le arregla el cabello a su hija aquella misma noche, ella no quiere mirarse al espejo porque es un "índice de la realidad": ella es Manuel González Astica, un viejo maricón disfrazado de muñeca.

El único que parece verlo todo con ojos poderosos es Don Alejo, pues hasta en la noche en que se conocieron, la Manuela se estremeció con su mirada. Asimismo, todos los hombres que asistieron a aquella fiesta nocturna por consejo de sus esposas debían acercarse para que "él (Cruz) los viera en su celebración" (p. 65). Incluso, el coito con la Japonesa Grande es cumplido por sus deseos: una casa por verla copular con el maricón. Aunque éste es un acto de amor falso para engañar, quien cae como "víctima" de la trampa es la propia Manuela.

Lo cierto es que Cruz es el único que posee, dentro de ese pueblo, la facultad de ver la realidad; los demás, de un modo u otro, enmascaran esa realidad con un sueño que no les deja ver sus propias miserias.

1.3 - Del temor y otros demonios

Si hay un sentimiento que vertebra toda la obra y la realidad de sus personajes, ése es el temor. El miedo condiciona todas las acciones: cohíbe, coacciona, desalienta. Todos los personajes principales y algunos secundarios sienten temor por una u otras razones:

-La señorita Lila, la empleada del correo, siente temor ante la presencia de Octavio porque es un desconocido. Sin embargo, Pancho Vega teme a otros porque sí los conoce: a los perros de Cruz y al propio don Alejo, como se lo decía su compadre. Por eso, la bocina insolente rompe el silencio de aquella noche en que la deuda acabaría. Porque Octavio le da valor. Él no es del lugar, de ahí que no le teme al viejo. Horas después, con la Manuela, Pancho siente miedo no por desear esa boca que buscaba la suya, sino de encontrarse con los ojos sentenciantes de su cuñado.

-La mirada de los otros que juzgan es inexorable, a tal punto que el propio Alejandro Cruz una vez tuvo miedo también: cuando le prometió a la Japonesa que daría lo que quisiera por la apuesta, ante el pedido de la casa por parte de ésta, "le dio miedo que los otros que oían la apuesta le dijeran que se achicaba o se corría..." (p. 86) y entonces acepta.

-En la última noche, la Lucy oye a lo lejos el galope imperceptible de un jinete, que no hace otra cosa más que despertar su interés y, a la vez, su temor.

-La Manuela tiene temor como las gallinas: le escapa al aire que le enfría los huesos, a los bocinazos, a las manos y al cuerpo de Pancho que vendrá a golpearla hasta dejarla muerta. Pero también teme a su desenfreno ante los hombres brutos que le hacen cosas terribles. No como don Alejo que la cuidaba y la defendía. Sin embargo, ese miedo la convertirá en hombre: "que la Manuela sería capaz, que con tratarla de una manera especial en la cama para que no tuviera miedo [...] podría..." (p. 81). Aunque, la Japonesa le promete que toda la escena será una "comedia", ella teme encontrarse a sí misma como el viejo maricón al que le exigen un coito que es capaz de realizar. Ser hombre como cuando, después de la persecución y los golpes de Octavio y Pancho, se da cuenta de que él es Manuel González Astica y entonces el miedo se le trastrueca en terror.

-La Japonesita también le teme a Pancho; sin embargo, el vino en su cuerpo flaco y frío y la mano en el muslo del hombre tan temido le quitan el miedo porque "encenderse" era su última esperanza: "y la mano que remontaba su muslo mientras el hombre a quien pertenecía bostezaba podía darle la respuesta" (p. 121). Con la imposibilidad de electrificar el pueblo, éste y su vida han quedado a oscuras. A igual que la Manuela, quien alguna vez también tuvo esperanzas (de ser alguien, de tener su casa, y nunca más andar de pueblo en pueblo), la Japonesita sabe que la muerte viene de la mano de la desesperanza. Explica que su "...madre murió de pena" (p. 44) porque el pueblo quedó lejos de la carretera, sin luz y sin sueños. Quizás para ella fuera mejor, porque accedería a la otra vida (la no-vida) en un paso imperceptible, en ese pueblo condenado a las tinieblas, donde "Lo terrible es la esperanza" (p. 137).

1.4 - Símbolos cromáticos

Amplio es el campo semántico vinculado a las luces y las sombras en esta historia de castigos y limitaciones. Resulta clara la utilización del nombre Olivo para la estación del pueblo, ya que el aceite que se extrae del olivar sirve como combustible para lámparas y candelas, elementos indispensables para iluminar a ese pueblo que ha quedado sin la electrificación y, por lo tanto, en tinieblas. No obstante, aparecen una serie de colores cuyas connotaciones son más que significativas:

1- El tono rosa está asociado a un objeto de deseo: al calor, al amor carnal y al hogar soñado. "[La Manuela] Se arrebozó en el chal rosado..." (p. 12) para calentarse los huesos; "Don Alejo estaba besando a la Rosita, la mano metida debajo de la falda" (p. 77); asimismo, es el color del sueño de Ema, la esposa de Pancho: de ese tono es la casa donde ella ansiaba vivir con su hija y con el marido ausente.

2- Como contrapartida, el colorado se vincula a seres u objetos con connotación altamente erótica: el vestido colorado de la Manuela; el camión colorado de Pancho; sus ojos rojos en aquella noche en que fue por la Manuela; el hocico de los perros de Don Alejo y "sus lenguas babosas, coloradas..." (p. 34), así como esas cuestiones que hay en las iglesias, "Esas cosas coloradas con luz adentro" (p. 135) que le recuerdan a la Japonesita los dedos en la copa vacía de aquella noche final.

3- No existe alusión al blanco más que en el nombre de la esposa de Don Alejo: Misia Blanca y en el color de sus cabellos (canosos).

4- Sin duda, será el azul/azulino el color de Don Alejandro Cruz. Este tono funcionará como su marca que determinará quiénes son su descendencia. No obstante, se mencionan otros dos colores más: verde y sepia que, junto con el azul, serán los tonos utilizados para la impresión de los afiches de su propaganda política; colores que no son casuales si consideramos que es dueño de casi toda la tierra del pueblo y sus viñas, las cuales parecen que fueran a devorarlo todo. Asimismo, azules son las casas que quedan para comprarle a la Ema, la esposa de Pancho, y amarillas, los ojos de los cuatro perros de don Alejo.